Desde la barrera

 

Todo empezó un día de junio…Me levantaba por la mañana, tenía el examen mas complicado de la carrera de Medicina: Neurología. En mi casa había una tensión rara, todos se miraban…todos sabían algo de lo que no querían que me enterara. Me fui a hacer el examen, lo hice bien, el día anterior era el primer día que no había ido a montar en meses para darle los últimos retoques, así que no tuve problema. Sin embargo, cuando salí del examen me entere de todo; mi potrito, en el que tantas esperanzas había puesto, estaba malo. Un cólico muy grave. Fue el principio del fin, un fin que se prolongaría hasta septiembre. Entrar en detalles sería demasiado doloroso, y por otro lado supongo que cualquiera de nosotros que haya perdido un caballo sabrá que es lo que se siente.

Estaba absolutamente perdida, no sabía que hacer, toda mi vida desde los 9 años había girado en torno a los caballos, a la hora que iba a montar, a los concursos a los que iba a ir, o incluso hasta que día los vacunaban. Había pasado veranos en Holanda, había vivido momentos inolvidables gracias a la hípica, y de repente, y como suele pasar, una de las cosas que mas quería era lo que más daño me hacía.

Me obligue a montar. No podia, por no poder… no pude ni ir a recoger mi silla, mis botas o el resto de mis cosas al Club Hípico. No podía escuchar conversaciones de caballos, me negaba a ir a los concursos…era demasiado profunda la herida.
Decidí centrarme en mi carrera. En un plazo de 3 meses tuve todo Matriculas de Honor, tenía unos amigos maravillosos en clase y había descubierto nuevas actividades. Pero era profundamente infeliz. Era como si me faltara una parte de mi. No sabía que hacer con tantos y tan buenos recuerdos, incluso con los malos, que tenía al lado de mis animales favoritos. Los odiaba, y me odiaba a mi misma por ello. Me odiaba por no ser capaz de montar, por no ser capaz de llamar a mis amigos y quedar con ellos para ir a un concurso, había momentos en los que ni me reconocia.
Pero el tiempo pasó, termine la carrera, tuve unas oportunidades de formación maravillosas y pude escoger trabajar en lo que quería.
De un día para otro me vi en una sala de Urgencias, llena de pacientes reales, con un trabajo que me apasionaba pero que era muy sacrificado, que requeria un horario estricto, meticulosidad, precisión, dedicación y elegancia y que para sorpresa de muchos superiores y compañeros no me costaba.
Era capaz de organizarme perfectamente desde el primer día, de poner el esfuerzo máximo en cada tarea, era capaz de pasar media hora con el paciente revisando la historia clinica, en busca de ese detalle que me dijera hacia donde encaminarme. Era capaz de muchas cosas que yo ni siquiera imaginaba.
Así seguía mi vida. Ya había conseguido montar algun fin de semana, había retomado el contacto con las personas con que mejores momentos había compartido en mis años en la doma clásica y había dejado de sentir rabia y dolor por todo lo que había pasado, ya solo sentía algo de pena mezclada con decepción.
Hasta que un día un compañero me preguntó que dónde había aprendido todo lo que sabía. ‘ En la Facultad’, le conteste.’ No, me refiero a lo demas’, me dijo. En ese momento, tuve que reconocer algo que ya sabía; todo lo que les debía a los caballos y a la gente que me había acompañado esos años, aparte de por supuesto a la entrega incondicional de mi familia y mis amigos. ‘ Es una historia muy larga’, le dije, y no di mas explicaciones. Pero ese día me di cuenta de algo que no había sido capaz de ver en estos 5 años, me di cuenta que de durante mi etapa como amazona había aprendido mucho mas que otras personas en toda su vida.

Los caballos, pese a ser animales, me habían enseñado a desarrollar una sensibilidad especial, los días en que madrugaba e iba a montar cuando todavía era de noche, me habían demostrado que con diligencia y disciplina se puede conseguir cualquier meta. Los meses de verano limpiando cuadras a cambio de clases o de alojamiento me hicieron ver que no hay recompensa sin trabajo duro. Los enfados y las alegrias de los concursos me dieron la capacidad de priorizar las situaciones, de darles importancia en su justa medida. Pensaba que todo el tiempo dedicado a los caballos, había sido tiempo perdido, pero cuando me miro y veo todo lo que han dejado en mi, me doy cuenta de que no podría haber invertido mejor mis ratos libres.

Cuando Juan me dio la oportunidad de participar en este blog he de reconocer que se mezclaron la ilusion y el miedo: iba a escribir sobre sentimientos y emociones a los que he dado la espalda durante mucho tiempo, y eso me asustaba. No me había dado cuenta de que hay una cosa más que he aprendido: a afrontar los miedos. Hoy, por fin 5 años después y tras un largo camino, puedo decir que la rabia y el dolor, la pena y la decepción han dado paso a la felicidad y al orgullo: Sin la doma clasica nada en mi vida ni en mi hubiera sido igual.

Pero en parte, a lo sucedido, también le debo lo que vino después. Mi afición por los caballos me había impedido viajar todo lo que hubiera querido. Sin caballos ahora soy libre de ir allí donde quiero, he sido capaz de sumergirme en una nueva vida. Ahora no me pongo las botas de montar para subirme a un caballo, sino que me las pongo cualquier día de diario, los pantalones de montar igual, con ellos sigo vistiendo en mi nueva etapa, con ellos sigo sintiéndome como hace 6 años.

He aprendido a ver nuevas cosas, pero me he dado cuenta de que haber sido es la forma más segura de ser, y de que no hay mejores cimientos sobre los que asentar el presente y el futuro que aquellos que un día levantamos en el pasado. Ahora solo monto a caballo uno o dos días al mes, pero no hay ni un solo día en que no ponga en práctica algo que los caballos me enseñaron. No hay ni un solo día en que no me acuerde de ellos, no hay ni un solo día en que piense que todo el esfuerzo no valió la pena, porque ahora cada día tengo claro que cada sacrificio que hice, y hago, dara sus frutos. Cada día sueño con volver a entrar en una pista de doma, de volver a reir sin parar y a disfrutar con los caballos. Se que volveré, cuando sea, pero lo haré, y no seré la mejor, ni lo intentaré ser. Pero sí que tengo clara una cosa: SERE LA MÁS FELIZ, no habrá ni un solo minuto, ni un solo tranco, que no disfrute. Veo, por fin que hay algo más que he aprendido, a tener paciencia, a saber esperar a que las cosas lleguen.

 

 

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